En las calurosas tardes de mayo, a la hora que ya nadie prestaba atención, estaba el señor Llinares parado frente a nosotros con su altura de 1.60 metros. En el salón, se oía con frecuencia el zumbido de una única y perezosa mosca que iba de cabeza en cabeza. Entonces, el señor Llinares abría un libro para fingir leérnoslo. De su boca (oh, ambrosía) salían historias. Al señor Llinares, le gustaban las historias, en parte porque era maestro de historia, yo creo. Gracias a él, aprendí una pequeña parte del viejo testamento, tengo nociones de la historia antigua, y me contagié de una epidemia ya no tan en boga que consiste en leer compulsivamente los libros clásicos. De cierta forma, a causa de gente como este señor Llinares, me he convertido en “una enciclopedia de todas las cosas inútiles” como suele decir un buen amigo mío. En fin, dedico a este señor un minuto de ruido en honor al estruendo mental que existe en mi cabeza cuando callo.
Esta exposición relata las épicas hazañas que libran extraordinarios grupos de hombres: hoplitas de ladrillos, constructores de irrazonables catedrales, hordas de esclavos arrastrando pesados bloques de piedra y legiones de legendarios anónimos que cruzan el desierto en pos de una hipotética verdad absoluta. De vez en cuando, un oráculo cruza el cielo o una pitonisa abre su libro lleno de oscuras premoniciones...
1 comentario:
uero me parece que podrías "alimentar" más seguido esta página, no sólo con fotografías de tus nuevas esculturas, sino que las acompañes de los pensamientos que surgen alrededor de ellas. creo que sería una forma divertida de abordarlas o dialogar con ellas...
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